
A 30 años de La Cumbrecita peatonal: De la crisis por la invasión turística al modelo pionero en el país
Carta Urbana
Tres décadas después, el actual presidente de la Red Federal de Municipios Turísticos repasó en diálogo con Carta Urbana Radio (Profesional FM 89.9, lunes a viernes 16 a 17) cómo se gestó por consenso una transformación que multiplicó la ocupación hotelera y resguardó la identidad del destino.
En las sierras de Córdoba, la Semana Santa de 1996 parecía haber alcanzado el éxito comercial para La Cumbrecita, pero puertas adentro dejó una profunda sensación de vulnerabilidad.
Con una fisonomía centroeuropea asentada sobre un relieve de montaña de apenas diez cuadras serpenteantes por tres de ancho, el pueblo colapsó ante el aluvión vehicular: garajes particulares bloqueados, embotellamientos que paralizaron accesos, baños públicos desbordados y turistas que arrancaban helechos y flora nativa para cargarlos en los baúles de sus autos.
En ese contexto desembarcó Pablo Sgubini, un joven de 22 años oriundo de Morón que acababa de graduarse de técnico en turismo y viajaba en carpa.
Alojado en el espacio cultural Lila, escuchó la disconformidad de los lugareños en un bar. Consultado de manera casual por el dueño del camping sobre cómo veía la situación, Sgubini soltó una propuesta que sonaba extravagante para la época: "Yo lo haría peatonal".
La idea contemplaba que los visitantes por el día no ingresaran con vehículos, que los huéspedes dejaran sus coches en los estacionamientos de los hoteles al llegar, y que se implementaran carritos eléctricos gratuitos para personas con dificultades de movilidad o embarazadas, junto con la entrega de bolsas de residuos.
Del "dedo en la ruta" al consenso de los vecinos
El camino administrativo comenzó de inmediato, aunque no estuvo exento de imprevistos. El dueño del camping lo contactó con el secretario comunal, pero al no tener novedades en los días siguientes y terminarse su presupuesto, Sgubini se disponía a retornar. Mientras hacía dedo en el puente de salida, lo levantó en una camioneta el propio presidente comunal (intendente), Ismael. En ese trayecto de poco más de una hora hacia Alta Gracia, Sgubini le expuso el plan.
Convencido de la oportunidad, decidió bajarse del colectivo de regreso, pausar su viaje y quedarse en las sierras. Redactó el proyecto en una máquina de escribir prestada, regresó a dedo y lo presentó ante la comisión comunal de tres miembros (presidente, secretario y tesorero), quienes lo aprobaron de inmediato, aunque sin presupuesto oficial.
Para darle viabilidad social, se realizó un trabajo puerta a puerta con los pobladores:
La propuesta se debatió en asambleas que culminaron con la participación de 73 familias, quienes respaldaron la peatonalización por una abrumadora mayoría de más de 70 votos contra 3.
Para resolver reclamos como el de un restaurante que recibía contingentes en minibuses, se acordó dejarlos en la playa de acceso y trasladar a los comensales en vehículos eléctricos.
La obtención de patrocinadores privados —entre ellos el propietario del laboratorio Roemmers, radicado en la zona— permitió sumar los primeros coches eléctricos y la folletería informativa sin erogaciones de las arcas comunales.
Recuperar el silencio y triplicar la estadía
Al cumplirse 30 años de aquella decisión, el balance muestra que la restricción vehicular transformó estructuralmente la dinámica económica y social de la localidad.
La Cumbrecita pasó de un promedio histórico de 90 noches de alojamiento anuales a superar las 200 noches, captando un turismo que valora la tranquilidad.
Se eliminaron el ruido de motores, bocinas y el esmog, devolviendo la experiencia del entorno natural, el aire puro y el descanso.
"Hay chicos de 30 años que nacieron en un pueblo peatonal y no conocen otra forma de vida; es la forma natural del pueblo", destacó Sgubini.
Necesidad de reajustes
Pese al éxito, Sgubini advirtió que el crecimiento demográfico (el pueblo pasó de 400 a 1.500 habitantes) y la llegada del asfalto exigen una revisión del esquema de control:
"Treinta años es un montón de tiempo y el modelo aguantó bastante, pero necesita una mirada renovada. Hoy se ven más vehículos circulando adentro, hace falta reforzar los controles y recuperar más vehículos eléctricos para que los visitantes caminen todo el circuito y no se concentren únicamente en las primeras dos o tres cuadras".
Consolidado como el primer pueblo peatonal de la Argentina, el modelo de La Cumbrecita hoy sirve de antecedente e inspiración para otros puntos turísticos del país como Purmamarca (Jujuy) o La Carolina (San Luis), confirmando que la sustentabilidad y el ordenamiento territorial son viables cuando se apoyan en el consenso de sus propios habitantes.




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