El desafío del Pacto Social de Movilidad

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El tránsito, la insuficiencia de nuestros canales pluviales para escurrir el agua de lluvia y el abuso sobre el espacio público quizás sean los principales problemas de esta ciudad. El servicio de agua potable y cloacas y el transporte público también, pero su ámbito de resolución excede a la gestión municipal.

El diagnóstico es claro y lo sabemos todos. Nuestras calles desatendidas por años o mal atendidas, están siendo reparadas, pero ya no soportan el volumen de tránsito. Otras esperan pavimento hace muchos años. Pero básicamente son  las mismas calles que hace casi 100 años, mientras  el número de todo tipo de vehículos crece desproporcionadamente respecto de la infraestructura disponible, para circular con fluidez.

A ese panorama se suma otra variable, quizás la más difícil de abordar: nuestra actitud al conducir cualquier vehículo, el que sea. Desidia, egoísmo, individualismo, nada de interés por el otro,  características casi genéticas a bordo,  que se potencian proporcionalmente al tamaño del vehículo.

Lo dije varias veces en mi programa de radio (Carta Urbana, FM Profesional-FM 89.9- sábados de 9 a 11) y  repito: la ciudad de Salta, tiene vigente desde hace muchos años un programa de tránsito y seguridad vial. Se llama “me importa un carajo”. Se  caracteriza porque para el conductor las normas no existen, son una abstracción y lo único real es la práctica. Se distingue porque la  conducta egoísta e individualista termina socialmente aceptada, cuando no, venerada por algunos porque un energúmeno amenazó y golpeó a un inspector de tránsito. O porque mandó al hospital a su ocasional contendiente urbano o, como sucedió no hace mucho, le hizo varios disparos después de que ambos exhibieran sus dotes al volante, disputándose el paso.

Hacemos lo que queremos, cuando queremos, como queremos. Estacionamos en doble fila, tapamos las rampas, avanzamos en una intersección aunque el otro tenga preferencia, ponemos baliza y charlamos, o esperamos el pollo al spiedo,  o bebemos alcohol y conducimos igual. No hay hasta ahora quien pueda corregir el abuso, el descaro, la falta de respeto y derivado de todo ello, la violencia, más  las consecuencias de los daños físicos, materiales o la pérdida de vidas.

Pero todos tenemos algo en común. Hicimos un curso, pasamos un psicofísico y obtuvimos el carnet. O sea, nos enseñaron muy mal, nos exigieron poco o no aprendimos nada.

Después de dos años y medio de gestión, el Ejecutivo Municipal anunció el ambicioso Plan de Movilidad Urbana (PMU).

Nunca antes se conoció, desde la Municipalidad,  un trabajo planificado, a través de 6 ejes y 40 metas a cumplir desde abril de 2018 hasta fines de 2019.

Es ambicioso porque tiene la pretensión de abarcar mucho, en poco tiempo. Pero al menos, allí está.

Vale recordar que los ejes de trabajo son movilidad saludable, movilidad inteligente, prioridad al transporte masivo, sistemas de sanciones más efectivos, más seguridad vial +Prevención de Accidentes y planificación y acuerdo.

La simultaneidad y profundidad de cada una de las acciones contenidas en las metas, hacen previsible que el PMU requiera un extenso tiempo de ejecución; seguro excederá a la actual gestión comunal y es de esperar que la próxima no lo interrumpa con alguna genialidad, para empezar todo de nuevo y volver donde estábamos.

Por ahora estamos frente a un planteo teórico, pero destacan dos cuestiones: se pone el  foco de atención en la educación vial y dentro del apartado dedicado a la planificación y el acuerdo, el objetivo es contar con un sistema participativo para “un verdadero pacto social de movilidad”.(sic)

Imagino entonces a taxistas, conductores de colectivos urbanos, interurbanos, de larga distancia, camioneros, fleteros, motoqueros, remiseros, motociclistas (no motoqueros) ciclistas, transportes escolares, camioneros de todo porte, fleteros, peatones (docentes, alumnos, adultos mayores) fuerzas de seguridad, agentes de tránsito, AMT, SAETA, senadores, diputados, concejales, funcionarios provinciales, municipales, nacionales, intendentes del Área Metropolitana, medios de comunicación y todo otro que se quiera agregar, reunidos en el estadio Martearena  para firmar el Gran Pacto  Social de Movilidad. ¿Muchos no? Claro! Ese no es el pacto en cuestión. ¿Y entonces cuál es?

Se podrán arreglar calles, ampliar avenidas, colocar más semáforos, hacer reductores de velocidad, duplicar la cantidad de inspectores, incrementar la señalización, hacer más rotondas, pero nada será suficiente si no logramos un cambio de  conducta, que incluya  primero el  respeto a las normas y contemplar al otro.

Tal vez tenga razón, Pablo Wrigth, prestigioso antropólogo vial argentino, que dijo respecto a esta  forma de proceder como conductores, que “eso se cambia con una política de Estado a largo  plazo. En diez años se puede transformar la conducta vial trasmitiendo pautas de comportamiento y con leyes más adaptadas a la realidad. Hace falta una política pública con muchos consensos, una pata educativa, infraestructura, publicidad  inteligente, control y sanción”.

Todo un desafío.

Gerardo Rebak- Periodista- Editor de Carta Urbana

 

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